Algunas historias comienzan mucho antes de que sepamos que estamos contando una historia.
A veces comienzan con una pregunta, una palabra encontrada por casualidad o incluso con un sonido que nos resulta familiar, aunque no sepamos explicar exactamente por qué.
La mía comenzó con una palabra aparentemente sencilla: Brasil. Durante mucho tiempo, conocí la explicación más difundida sobre el origen del nombre de nuestro país: el palo brasil, su madera rojiza y la asociación con el color de las brasas. Parecía una respuesta suficiente.
Hasta que, hace años, encontré referencias a una misteriosa isla llamada Brasil —Hy-Brasil, Ho Brasile y otras variantes— representada en mapas medievales en algún lugar del Atlántico, al oeste de Irlanda. Aquella isla pertenecía al imaginario europeo sobre tierras lejanas y maravillosas. Su presencia en los mapas no significa que los navegantes medievales hubieran encontrado América. Pero el descubrimiento despertó en mí una pregunta fascinante:
¿El nombre Brasil ya formaba parte del imaginario europeo antes de convertirse en el nombre de un territorio americano?
Y una pregunta llevó a otra.
¿Qué historias atravesaron el Atlántico? ¿Qué pueblos, lenguas, instrumentos y tradiciones participaron en la formación cultural de Brasil? ¿Y qué ocurrió con todo aquello que llegó hasta aquí?
Así fue como una curiosidad sobre una palabra comenzó a transformarse en una investigación sobre memoria, música y herencia cultural. Y muchos años después, aquellas preguntas encontraron una forma de expresión en Canções do Atlântico.
El Atlántico que separa también conecta
Cuando miramos un mapa, el océano Atlántico parece separar Europa y América.
Pero, para la Historia, también fue un camino. Por él viajaron personas, lenguas, mercancías, creencias, instrumentos musicales, historias y tradiciones. Portugueses, gallegos, españoles, africanos y muchos otros pueblos atravesaron este espacio en diferentes circunstancias.
Y con ellos viajaron también maneras de cantar, tocar, celebrar y contar historias. Sin embargo, una tradición nunca llega intacta a un nuevo territorio. Encuentra otras tradiciones, se transforma y adquiere nuevos significados.
Una música puede cambiar de ritmo. Un instrumento puede ser adaptado. Una palabra puede sobrevivir incluso cuando el objeto original ya no está presente.
La cultura no viaja como un equipaje cuidadosamente cerrado. Viaja como una semilla.
Y eso es precisamente lo que hace tan fascinante investigar las permanencias culturales: no necesariamente aquello que sobrevivió sin cambios, sino aquello que atravesó el tiempo porque encontró nuevas personas y nuevas formas de existir.
Una gaita en el primer encuentro
Existe un pequeño pasaje en la carta de Pero Vaz de Caminha que siempre me ha impresionado.
Estamos en 1500. Portugueses e indígenas se encuentran ante mundos completamente diferentes. En determinado momento, un portugués toca una gaita de foles. Los indígenas escuchan y bailan. Es un pasaje breve, pero extraordinariamente simbólico. Antes de que existiera una comunicación a través de las palabras, hubo una experiencia compartida a través del sonido.
La gaita de foles no era un instrumento exclusivamente escocés. Existían diferentes tipos de gaitas en Europa y el Mediterráneo y, en la Península Ibérica, desarrollaron características propias. En Galicia, Asturias y Portugal se convirtieron en elementos importantes de las tradiciones musicales locales.
Este episodio histórico me hizo pensar en algo que atraviesa toda mi investigación: ¿Qué ocurre cuando una tradición encuentra a otra?
Brasil no recibió una cultura ya terminada. Los elementos traídos de la Península Ibérica encontraron tradiciones indígenas y africanas y, posteriormente, innumerables culturas llegadas a través de las migraciones.
La cultura brasileña nació también de esos encuentros y transformaciones. Incluso las palabras pueden guardar estas memorias. Un ejemplo que me llama la atención es el uso de la palabra “gaita” para designar al acordeón en diferentes regiones brasileñas. El acordeón y la gaita de foles son instrumentos diferentes, pero la permanencia del término muestra cómo una memoria cultural puede sobrevivir de maneras inesperadas.
Carlos Núñez y los sonidos del Atlántico
En 2022, una amiga me regaló La Hermandad de los Celtas, de Carlos Núñez. Yo ya conocía al músico gallego, pero el libro me mostró una dimensión de su trabajo que dialogaba profundamente con las preguntas que yo venía planteándome: la investigación de las conexiones musicales entre diferentes territorios atlánticos.
Una de las ideas que más me marcó fue comprender que estas relaciones no significan necesariamente que una música brasileña sea simplemente “europea”. Pueden aparecer en procedimientos musicales, sonoridades y maneras de tocar que encontraron sus propios caminos en Brasil.
Un ejemplo es “Feira de Mangaio”. Carlos Núñez conoció la canción a través de la Banda de Pífanos de Caruaru y percibió en aquella sonoridad de las flautas en terceras paralelas una proximidad con la manera en que, en Galicia, se hace música con las gaitas de foles. No se trata de afirmar que Feira de Mangaio sea una canción gallega. Lo interesante está precisamente en el encuentro: diferentes tradiciones pueden producir diálogos sonoros incluso cuando están separadas por un océano.
Aquellas reflexiones comenzaron entonces a superar los límites de la investigación y a entrar en mi propio proceso creativo.
“A Terra Floresce“
Fue en este universo de preguntas donde nació “A Terra Floresce”. La canción no surgió como un intento de reconstruir una tradición antigua. Nació del deseo de rescatar memorias, historias y musicalidades que atravesaron el tiempo y encontrar una manera de hacerlas florecer en el presente.
Por eso, la participación del músico berciano Jorge Prada Merayo se volvió tan significativa. Yo no quería que su gaita estuviera en la canción solamente para crear una determinada atmósfera. Quería que tuviera significado. Jorge es bastante conocido por su labor de preservación y difusión de la música tradicional. Forma parte del grupo folclórico tradicional Templarios del Oza y también colabora activamente con el grupo de folk español Rapabestas Folk. Y así, una gaita gallega se encuentra con una composición creada en Brasil. Es una pequeña travesía dentro de otra travesía.
Hace siglos, el sonido de una gaita fue registrado por Caminha en el primer encuentro entre portugueses e indígenas. Ahora, una gaita gallega atraviesa de nuevo ese océano para participar en una canción brasileña.
“Brasão Cravado, Memórias do Meu Lar“
Y entonces llegamos a “Brasão Cravado, Memórias do Meu Lar”, el nuevo single de Canções do Atlântico. Si A Terra Floresce nació como la imagen de una memoria que vuelve a brotar, Brasão Cravado nace de otra pregunta:
¿Qué ocurre después de que esa memoria regresa?
Pasa a formar parte de nosotros. El “brasão” ( escudo) del título no tiene por qué representar nobleza ni un escudo familiar. Es una marca: aquello que llevamos con nosotros incluso sin darnos cuenta. Puede ser un paisaje, una palabra, una historia, una canción, un instrumento o un recuerdo transmitido por alguien que vino antes que nosotros.
Y el hogar también puede ser algo más grande que una casa. Puede ser una geografía de afectos y memorias. Puede reunir Galicia, Portugal, Brasil y el propio Atlántico que los conecta. Quizás esa sea la pregunta que permaneció conmigo durante todo este viaje:
¿Qué heredamos cuando heredamos una cultura? Heredamos objetos, pero también gestos. Heredamos palabras, pero también maneras de contar historias. Heredamos instrumentos, pero también maneras de hacer música. Y, muchas veces, heredamos cosas que ni siquiera sabemos que hemos heredado.
Por eso, no pienso en la tradición como algo detenido en el tiempo. La pienso como aquello que consigue atravesar el tiempo porque encuentra nuevas personas dispuestas a recibirla y transformarla. Quizás ese sea el sentido más profundo de Canções do Atlântico.
Ahora, “Brasão Cravado, Memórias do Meu Lar” llega como el momento en que estas memorias dejan de estar solamente frente a nosotros y pasan a formar parte de aquello que somos. Porque algunas historias no terminan cuando llegamos al final de la tierra.Es precisamente allí donde comenzamos a mirar hacia el horizonte.
La semilla puede ser antigua. Pero la flor pertenece al presente.
Y quizás por eso un viaje que comenzó con una pregunta sobre Brasil terminó convirtiéndose en una canción sobre el hogar. El Atlántico continúa entre nosotros. Las memorias continúan atravesando sus aguas. Y algunas de ellas, cuando encuentran una nueva voz, vuelven a florecer.

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